Piedra de Rosetta: cómo se descifraron los jeroglíficos
La piedra de Rosetta es una fotocopia. Una fotocopia de piedra de 112 centímetros de alto, con un texto burocrático que ni siquiera era original cuando se grabó. Y aun así es probablemente la piedra más famosa del planeta, porque sin ella habríamos tardado muchísimo más en volver a leer a los egipcios. Su historia tiene soldados de Napoleón, un duque inglés que prestó su cañón para transportar un obelisco, un genio de 31 años que, según su primer biógrafo, se desplomó de agotamiento y una frase de Flaubert que retrata a toda Europa.
Una fotocopia de 196 antes de Cristo
El British Museum, que la guarda en Londres desde 1802, no se anda con rodeos: la piedra de Rosetta es una de muchas estelas fabricadas en serie para difundir por todo Egipto un acuerdo de un consejo de sacerdotes. El propio texto ordena que se coloque una copia en cada templo importante del país.
El acuerdo es del año 196 antes de Cristo y celebra el primer aniversario de la coronación de Ptolomeo V, un rey de 13 años. Los sacerdotes de Memphis confirman su condición de soberano divino aunque fuera macedonio y no egipcio. Hasta ahí, un acto protocolario.
Lo mejor viene después. Según el museo, el texto es en parte la copia de un modelo redactado un siglo antes, y en algunos pasajes solo se cambiaron los nombres y las fechas. Plantilla, buscar y reemplazar. Se conocen tres copias casi exactas de este mismo decreto de Ptolomeo V, y en 2026 el museo contaba 29 decretos de este tipo grabados en piedra por todo Egipto, de los que 22 siguen en el país. Algunas de esas hermanas han ayudado a reconstruir la parte jeroglífica, que en la piedra de Rosetta está rota e incompleta.
Que fuera papeleo no le quita interés. Entre las fórmulas, el decreto cuenta hechos reales del reinado, como la Gran Rebelión, un levantamiento egipcio que puso en jaque a los Ptolomeos durante casi veinte años, entre el 204 y el 186 antes de Cristo.
Tres escrituras para un solo mensaje
Lo que convierte esta fotocopia en una joya es que el decreto está escrito tres veces. Arriba, en jeroglíficos, la escritura sagrada, la adecuada para un texto de sacerdotes. En medio, en demótico, la escritura egipcia cursiva del día a día; el nombre significa «del pueblo». Abajo, en griego antiguo, la lengua de los gobernantes grecomacedonios que se quedaron con Egipto tras la conquista de Alejandro Magno.
La ficha del museo lo cuenta en líneas: 14 de jeroglíficos, 32 de demótico y 54 de griego. La pieza mide 112,3 centímetros de largo, 75,7 de ancho y 28,4 de grueso, y es de granodiorita gris y rosada. Es solo un trozo de una losa mayor, una estela, a la que le falta la parte de arriba.
Ojo al detalle: son dos lenguas y tres escrituras. Jeroglíficos y demótico escriben la misma lengua, el egipcio, con dos sistemas distintos. El griego es otra lengua. Y el griego se podía leer en 1799 sin problema. Ese era el truco: si las tres versiones dicen lo mismo, la que entiendes te da pistas sobre las que no.
La encontraron unos soldados haciendo obras
La piedra lleva el nombre del sitio donde apareció, Rashid, un puerto del delta del Nilo al que los franceses llamaban Rosetta. Napoleón estuvo en campaña en Egipto entre 1798 y 1801, con la idea de dominar el Mediterráneo oriental y amenazar el control británico de la India.
Los relatos del hallazgo son algo vagos, reconoce el British Museum. La versión más aceptada dice que unos soldados la encontraron por casualidad el 15 de julio de 1799 mientras cavaban los cimientos de una ampliación de un fuerte cerca de Rashid. La piedra estaba metida dentro de un muro muy antiguo, reutilizada como material de construcción. El oficial al mando, Pierre-François Bouchard, se dio cuenta de que aquello era importante.
Los franceses la tuvieron poco tiempo. Tras la derrota de Napoleón en Egipto, el Tratado de Alejandría de 1801 la convirtió en propiedad británica junto con otras antigüedades. Llegó a Portsmouth en febrero de 1802 y en julio de ese año Jorge III se la regaló al British Museum. Allí tuvieron que dejarla en una construcción provisional en el jardín, porque los suelos del edificio no aguantaban el peso de las esculturas que llegaban de Egipto.
Catorce siglos sin que nadie supiera leerlos
Para entender por qué hizo falta tanto lío, hay que saber cuánto tiempo llevaban los jeroglíficos mudos. Según el catálogo de la exposición que el Collège de France dedicó en 2022 al bicentenario del desciframiento, la última inscripción jeroglífica conocida es del año 394: un texto grabado con bastante torpeza en una pared del templo de Isis en Filé, en el sur de Egipto. Después de eso, nadie volvió a escribirlos, y en poco tiempo nadie supo leerlos.
Durante los siglos siguientes, los que heredaron Egipto transmitieron una idea deformada de aquella escritura. La versión que llegó a Europa venía de los griegos y decía que los jeroglíficos eran símbolos, dibujos cargados de significados ocultos, y no una forma de escribir sonidos. Con esa idea en la cabeza, cualquier intento de lectura estaba condenado. El catálogo dedica un capítulo a la que llama la primera tentativa de desciframiento, la de Athanasius Kircher, autor de un tratado titulado nada menos que Edipo egipcio. Edipo era el que resolvía el enigma de la esfinge. Kircher no lo resolvió.
Flaubert, que tenía muy mala leche, recogió esa fama en su Diccionario de lugares comunes. Su definición de los jeroglíficos dice así: «Antigua lengua de los egipcios, inventada por los sacerdotes para ocultar sus secretos criminales. ¡Y pensar que hay gente que los entiende! Después de todo, ¿no será una broma?».
La carrera entre Londres y París
Cuando la piedra llegó a Europa empezó la carrera. El primero en marcar fue un inglés que no era egiptólogo, sino físico: Thomas Young. Según el British Museum, Young fue de los primeros en demostrar que algunos jeroglíficos de la piedra escribían los sonidos de un nombre real, el de Ptolomeo, que aparece rodeado por un óvalo, lo que los egiptólogos llaman cartucho. El museo conserva una carta suya del 10 de febrero de 1818 en la que pide al viajero William John Bankes que busque en Egipto más ejemplos de esos grupos de signos. Los significados que Young proponía eran casi todos correctos, pero no conseguía explicar cómo los signos transmitían ese significado.
Bankes hizo su parte con un obelisco. Según el National Trust, que lo conserva, encontró durante sus viajes de 1815 a 1819 un obelisco de granito rosa de nueve metros que estaba frente al templo de Isis en la isla de Filé. Lleva inscripciones en griego y en jeroglíficos, y Bankes, que leía griego, identificó en él el nombre de Cleopatra. Fue otra pieza que, junto con la piedra de Rosetta, llevó al desciframiento.
El viaje del obelisco a Inglaterra fue un sainete. En el primer intento, el embarcadero cedió por el peso y el obelisco acabó en el fondo del Nilo. Lo rescataron, y en Inglaterra se encaprichó de él el duque de Wellington, el mismo que había combatido junto a Bankes en la Guerra de la Independencia. Wellington prestó su cureña de cañón para llevarlo de Londres a Dorset, eligió dónde ponerlo en el jardín de la finca de Bankes y colocó la primera piedra el 17 de agosto de 1827. Allí sigue, en un jardín inglés.
Champollion y el «lo tengo»
En la otra orilla estaba Jean-François Champollion, de Figeac, una pequeña ciudad del Quercy, en Francia. El catálogo del Collège de France cuenta que su padre era un vendedor ambulante de libros y que su madre no sabía escribir lo suficiente como para firmar su propia partida de matrimonio. El hijo acabaría leyendo una escritura muerta desde hacía catorce siglos.
Champollion tenía una baza, que el British Museum subraya: conocía el copto. El copto es el egipcio escrito con letras griegas más algunos signos sacados del demótico. Era la última fase de la lengua de los faraones y se conservaba en textos cristianos. Si los jeroglíficos escribían sonidos, Champollion podía reconocer las palabras al leerlas en voz alta.
El 14 de septiembre de 1822, según su primer biógrafo, Champollion entró en el despacho de su hermano con un fajo de papeles, soltó «Je tiens mon affaire, vois !», algo así como «¡Lo tengo, mira!», y se desplomó de agotamiento. La escena la cuenta A. Rochas en 1856, más de treinta años después, así que conviene tomarla con una pizca de sal. Lo que sí está documentado es lo que vino después. Champollion terminó el 22 de septiembre un informe, la famosa Carta al señor Dacier, y lo presentó en la Academia de Inscripciones y Bellas Letras de París el viernes 27 de septiembre de 1822. Tenía 31 años. Entre el público, según el British Museum, estaba su rival, Thomas Young.
Qué descubrió exactamente
La idea de Champollion fue que los jeroglíficos anotaban los sonidos de la lengua egipcia. Primero lo demostró con los nombres de gobernantes extranjeros, como Ptolomeo o Cleopatra. Luego dio el segundo paso, el gordo: esos signos que sonaban no se usaban solo para nombres extranjeros, sino también para palabras egipcias. Con eso y con el copto pudo empezar a leer inscripciones completas.
El sistema que salió de ahí es una mezcla, y por eso se había resistido tanto. El catálogo del Collège de France lo resume en tres tipos de signos. Unos expresan sonidos, de una, dos o tres consonantes. Otros representan una palabra entera, con su sentido y su pronunciación a la vez. Y otros se colocan al final de una palabra sin sonar en absoluto, solo para indicar de qué va: un verbo de movimiento, una idea abstracta. Los europeos llevaban siglos buscando solo símbolos. Había de todo un poco.
La Carta al señor Dacier se publicó a finales de octubre de 1822 y se suele considerar el acta de nacimiento de la egiptología. Champollion siguió puliendo el sistema durante los diez años que le quedaban de vida. Murió en 1832, y su hermano publicó en 1841 su diccionario egipcio.
Lo que dice de verdad la piedra de Rosetta
Después de tanto esfuerzo, uno espera un secreto milenario. Lo que dice la piedra de Rosetta es, en esencia, un acuerdo de sacerdotes que reafirma el culto real a un adolescente y ordena que se copie y se reparta por los templos. Es el equivalente a un decreto oficial con sello y firma. Gracias a ese trámite repetido en tres escrituras, se pudo leer después todo lo demás.
Escondida bajo Londres en la Primera Guerra Mundial
La piedra ha estado expuesta en el British Museum desde 1802 con una sola interrupción. En 1917, hacia el final de la Primera Guerra Mundial, el museo temía los bombardeos sobre Londres y la sacó de la sala junto con otros objetos importantes. Pasó los dos años siguientes en una estación del ferrocarril postal subterráneo, a unos 15 metros bajo tierra, en Holborn.
En 2026 se puede ver gratis en la sala 4 del museo, la de escultura egipcia. Y en la sala 1 hay una réplica que sí se puede tocar, por si alguien quiere comprobar con la mano si la granodiorita está fría.
Un obelisco que dice «para siempre»
Figeac no olvidó a su vecino. Tras su muerte, una suscripción reunió cuatro mil francos y en 1835 se levantó en la plaza de la Raison un obelisco de granito de 7,80 metros. Según el catálogo del Collège de France, sus caras están lisas salvo por una única inscripción en jeroglíficos, que significa «para siempre».